Gustav Holst – “Los Planetas” op.32 , “Júpiter, El portador de la alegría”

 

Gustav Holst

(Gustave Theodore von Holst; Cheltenham, 1874 – Londres, 1934) Compositor inglés de origen sueco. Discípulo de Charles Villiers Stanford en el Colegio Real de Música londinense, llegó a ser, como su maestro, un apasionado folklorista. Luego de haber sido músico de orquesta durante algún tiempo, a partir de 1903 se dedicó a la enseñanza, actividad que ejerció primero en Dulwich, más tarde en el “Morley College”, y, finalmente, como maestro de composición, en el Colegio Real de Música.

Es el autor de una de las páginas más interpretadas y grabadas del repertorio: Los planetas, que en cierto sentido ha oscurecido, si no eclipsado totalmente, el resto de su producción. Mostró durante toda su vida un creciente interés por la filosofía y la cultura hindúes, que inspiraron algunas de sus composiciones más importantes, como la ópera de cámara Savitri, que llegaría a ejercer una profunda influencia en los compositores más jóvenes, con Benjamin Britten a la cabeza. Su hija Imogen Holst (Richmond, 1907-Aldeburgh, 1984) fue una conocida musicóloga.

Los planetas, pieza que ha inmortalizado el nombre de Gustav Holst, se abre con los violentos y apocalípticos acordes de Marte, el portador de la guerra, movimiento en forma de marcha que, en el momento del estreno (1918), fue considerado una alusión a la Primera Guerra Mundial. Otros seis más, dedicados a otros tantos planetas (VenusMercurioJúpiterSaturnoUrano y Neptuno) completan esta suite en la que su autor expresó su pasión astrológica. Compuesta entre 1914 y 1918, Los planetas es una obra desarrollada en forma de poema sinfónico, con precisas referencias literarias: se interpreta el significado esotérico ritual de cada planeta, a menudo diverso de la imagen mitológica. Marte aparece como portador de la guerra y Mercurio como mensajero alado; pero Venus es portadora de la paz, y sobre todo Júpiter es portador de alegría, en un sentido casi dionisíaco; Neptuno es el místico que acompaña a Saturno, portador de la vejez, y a Urano el mago.

Se ha querido reconocer en Los Planetas el período oriental de la copiosa producción de Gustav Holst, interesado en el ocultismo místico del pensamiento filosófico indio. Se trata en cualquier caso de un período central, singularmente aislado entre el juvenil, vuelto hacia los descubrimientos del folklore inglés, y el ecléctico de la plena madurez, que desembocará más tarde en la devoción a Bach, de acuerdo con la afirmación de un gusto neoclásico.

La obra es, en el fondo, un producto del último romanticismo alemán; la naturaleza “inspirada” del músico, elocuente, en muchos puntos straussiana, y su gusto por el timbre como inmediato término expresivo de evidencia visual, una y otro estimulados por un tema rico en situaciones, son las características de esta partitura. Es una música descriptiva, o sea de aquella que “mira” a través de sonidos. De un logrado conjunto de imágenes brota y se afirma el gusto de Holst, en un encuentro continuo de motivos comunes, efectista y musicalmente centrado.

Fruto de la fascinación que ejerció el Oriente en Holst durante este mismo período de su producción es también la ópera de cámara en un acto Savitri, compuesta en 1908 y estrenada en 1916 en el Covent Garden de Londres. La protagonista, Savitri, es la joven hija de un rey que escoge por esposo a un príncipe al cual han asignado los dioses sólo un año de vida. La muchacha lo sabe y se propone acompañarlo en la muerte, de la cual, sin embargo, consigue rescatarlo en virtud de la oración.

Holst redujo la copiosa materia de una antigua leyenda hindú al núcleo temático del amor que vence a la muerte, subrayando el carácter místico-emotivo de la leyenda, y aplicó su criterio de simplificación a toda la redacción de la partitura: desde las proporciones del “conjunto instrumental” de la orquesta (la obra es, en efecto, presentada como “poema para tres voces y coro invisible con acompañamiento de un doble cuarteto de cuerda, siete flautas y corno inglés”) hasta la sencillez de la interpretación musical, que dio a la obra una real eficacia poética. Además del color opalino del sonido minuciosamente modulado, es de observar la llamada de la muerte que recorre toda la obra en un ritmo angustioso de tres notas repetidas, y el etéreo coro invisible, de marco espectral, en algunos cuadros.

(biografías.com)